Hace pocos días me llamó mi hermano. Quería saber por quién votaría en la elección presidencial del próximo fin de semana en Colombia. Le di una larga explicación de lo que pensaba, que no era más que lo que me he repetido en las últimas semanas.
Sin embargo, hace pocas horas cambié de opinión y volví a mi voto inicial, el que siempre me ha identificado. Regresé porque estaba equivocado. Había decidido votar por un proyecto que no me representaba y, desde que lo hice, no me sentía tranquilo, no me gustaba. Me atormentaba. Cambiar mis principios por argumentos que me repetí una y otra vez era ir en contra de lo que soy.
Hace años, por mi trabajo como periodista, conocí a varios de los hoy candidatos presidenciales. Compartí y conversé largamente con Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella; a Paloma Valencia jamás la tuve frente a mí; y a Sergio Fajardo lo entrevisté un par de veces.
Iván Cepeda es un buen tipo. Sincero y transparente. Alejado de las vanidades materiales y creo que le incomoda la corrupción, pero no tanto como para distanciarse del proyecto de Gustavo Petro. Lo necesita para arrastrar votos. Además, le falta sinceridad para reconocer el fracaso de la “Paz Total”, de la que es uno de sus arquitectos, y que fortaleció la violencia en Colombia. No me gusta su falta de carácter para enfrentar a los periodistas y los debates, para presentar y discutir sus ideas. Los medios son fundamentales en una democracia y él los usó por años para proyectar su imagen a nivel nacional. Incluso, junto a Petro, han sido consentidos de esos medios.
Abelardo de la Espriella, otro beneficiado de los medios que ahora ataca, es un gran conversador, dicharachero, amable y elegante. Se proyecta como un gran empresario, pero hay más dudas que luces sobre el origen de su fortuna. Basta recordar tres personas que aseguran que De la Espriella se habría quedado de forma indebida con grandes cantidades de dinero: David Murcia Guzmán, creador de DMG; José Rafael “Mono” Abello, exnarcotraficante del cartel de la Costa; y Mónica Mazzilli Rossi, clave en el desfalco a la Fiduciaria del Banco de Bogotá. Y ni hablar de su relación con Alex Saab. ¿Hay condenas en contra del candidato-abogado? No, pero quien aspire a la presidencia no debería tener cuestionamientos tan graves.
Paloma Valencia, a quien no conozco personalmente, ha sido una gran senadora. Mujer firme, de convicciones fuertes. Elegir a Juan Daniel Oviedo como fórmula la abrió hacia el centro, pero la distanció de la extrema derecha. Le sumó y le restó puntos. Está preparada, tiene gran trayectoria legislativa y pertenece a una familia tradicional y conservadora. Aunque conoce el poder desde niña, no parece embelesarse con él. Sin embargo, me preocupa su cercanía con Álvaro Uribe. Al expresidente y a sus férreos alfiles, Paloma entre ellos, les falta aceptar graves excesos —por no usar otro calificativo— cometidos durante la “Seguridad Democrática”.
El domingo 31 de mayo votaré como siempre: a conciencia. Leo programas, veo trayectorias, escucho entrevistas. Me gusta entender al que piensa distinto. ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo impulsa?
Pero también, siempre he votado con el corazón, esa sensación que me genera la sonrisa de una persona, el tono de su voz, lo que esconde su mirada. Imagino cómo será en la intimidad de su hogar. Los valores y las ideas valen más que mil páginas de un programa de gobierno que muchas veces es maquillado para buscar adeptos.
Creo que Sergio Fajardo es el candidato indicado. Un caballero en toda la extensión de la palabra. Me gustan su tono conciliador, su trabajo como alcalde de Medellín y como gobernador de Antioquia, sus ideas, la dupla perfecta con su pareja, la excanciller María Ángela Holguín, y su imagen perfectamente desordenada. Pero, sobre todo, me gusta su estricto e innegociable apego a la ética y la moral. Una decencia que necesita Colombia y que todos tenemos la obligación de buscar.
Sí, lo han cuestionado. Decisiones alrededor de Hidroituango o en EPM son sus talones de Aquiles. Pero, en un país atormentado por corrupción, narcotráfico, guerrillas o paramilitares, la historia de Fajardo es el espejo que le queda grande a muchos políticos colombianos.
Además, en Colombia, donde la meta debería ser la educación de los jóvenes para librarlos del odio y la corrupción que amenazan con destruirnos, tener un profesor como presidente sería una ganancia incalculable.
Lamentablemente, estamos tan polarizados que no entendemos las ideas de unidad de un matemático que se sumerge en los números buscando un futuro mejor. No comprendemos su anhelo de una Colombia en la que quepamos todos, sin importar origen social, económico, étnico o político. La nación que persigue es la misma que soñamos cuando estamos refugiados en nuestros hogares. La que nos hemos negado por décadas.
Profesor Fajardo, me excuso con usted por haber pensado votar diferente. Creí que era la mejor estrategia para frenar la continuidad de Petro, la llegada de De la Espriella o el regreso de Uribe. Por fortuna, no es tarde para entender que el camino adecuado es el que me marcan mis principios, en el que la ética, la moral y la dignidad son irrenunciables.
Profesor Fajardo, sigo en su causa, que debería ser la de todos, sin importar que nos señalen de tibios. Porque, como me dijo un hermano de la vida, el derecho a ser “de centro extremo” existe.
Y si no lo logra, tranquilo, vaya y vea ballenas, recorra esa Colombia que no lo comprende, que al fin y al cabo, en la democracia, se gana o se pierde. Y yo, una vez más, quiero ganar, pero me preparo para perder. ¡Adelante, Fajardo!