Juntos podemos

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Apenas faltan 3 días para que el próximo miércoles la Selección Colombia enfrente su primer partido en el Mundial 2026 y, aunque suene increíble, ya va perdiendo.

No porque Uzbekistán haya metido gol, sino porque uno de los pocos símbolos que tenemos los colombianos para unirnos a su alrededor, para gritar Colombia a pulmón hinchado, para sentir ese sentimiento patrio que nos hace llorar de alegría, ha sido golpeado.

Caímos en la absurda tentación de politizar a un equipo de fútbol que nos ha dado muchas de nuestras grandes alegrías en el campo deportivo. Nos dejamos llevar por la rabia y el odio desatado por unos pocos para descargarlos en contra de unos jugadores que desde muy jovencitos soñaron con vestir la tricolor nacional y poner a soñar a su país con que sí se puede.

La nuestra es la fiesta del absurdo. Mientras por estos días recorro las calles de Ciudad de México y sus alrededores, me cruzo con muchos hombres, mujeres y niños vistiendo nuestra camiseta amarilla y dejamos salir una sonrisa de complicidad, de esas que se comparten en silencio cuando tenemos un mismo anhelo. En nuestro país, Colombia, las redes sociales se convirtieron en un verdadero campo de batalla en el que abundan los descalificativos en contra de nuestros jugadores. Incluso amenazas contra algunos.

Dicho en buen colombiano, “no seamos tan pendejos”. ¿Tenemos que llegar a estos niveles de intolerancia en los que convertimos una camiseta que era para soñar, reír, bailar, en el uniforme de una guerra política sin sentido? Sí, es sin sentido, aunque suene increíble. Aunque no queramos aceptarlo, Abelardo de la Espriella, Álvaro Uribe, Iván Cepeda y Gustavo Petro son tan colombianos como usted, como yo, como cualquiera de nosotros. Aunque no nos gusten sus ideas o su forma de ver el país, son tan válidas que millones de colombianos que piensan igual que ellos las apoyan. Pero no, no queremos reconocerlo. Nos dimos a la tarea más difícil, que era la de encontrar razones para despreciar al que piensa diferente, a desconocerle su simple derecho a existir, como si los equivocados fueran ellos y no nosotros. No, equivocados estamos todos cuando les permitimos a otros ser dueños, patrocinadores y promotores de nuestras más bajas pasiones. Esas que desatan desde una tarima con arengas populistas que no se dicen para llenarnos de ilusión sino de rabia. Y no, no es justo. No es justo con nosotros, con nuestros hijos, con nuestras familias, con nuestros amigos o vecinos. No es justo con nuestro país ni con la sociedad que hemos soñado. Así, desde el odio, no se construye país. Por el contrario, desde el odio se llega al caos, al dolor, a la destrucción total de lo que somos.

Yo, en lo personal, prefiero quedarme con los recuerdos de esa Selección Colombia que nos ha hecho vibrar a lo largo de las últimas décadas. Me quedo con el gol que no fue de Yepes, me quedo con el 5 a 0 contra Argentina que hizo aplaudir a Maradona en el Monumental de River, me quedo con la melena del Pibe de la que hablaban en tantos idiomas, me quedo con el escorpión de Higuita, con el gol de James que fue el mejor del Mundial Brasil 2014, con la clasificación a Estados Unidos 1994 cuando decían que íbamos a ser campeones del mundo, con el gol de Rincón en el último minuto ante Alemania en Italia 90, con la remontada a Chile que nos dio la clasificación a Rusia en 2018 —perdíamos 3–0 y empatamos 3–3—. Como me dijo mi esposa, que, ah carajo, sí sabe de fútbol: “es que siempre hemos hecho cositas”.

¿Quiere pensar en algo? Piense en las gambetas de Richard Ríos, los pases milimétricos de James Rodríguez, las jugadas que nos roban el aliento de Lucho Díaz, las estiradas imposibles de Camilo Vargas. Piense en esa selección, en los 26 convocados, en Néstor Lorenzo y su equipo técnico.

Historias así hay tantas y tan grandes que no vale la pena que sigamos peleando.

Pongámonos la camiseta. Cualquiera, no importa si es original o chiviada. Lo que importan son los colores de nuestra tricolor. No importa si es la amarilla con mariposas o la alternativa azul con la que inauguraremos ante Uzbekistán. No importa si es nueva o si los colores ya palidecieron de tantos mundiales en los que ha sufrido porque llegamos o no llegamos. Lo que importa es usarla con el orgullo cafetero con el que nos admiran por el mundo entero.

Y sí, el otro domingo hay elecciones. Vaya y vote, es lo importante, no deje que otros elijan por usted. Vote por cualquiera de las tres opciones: De la Espriella, Cepeda o en blanco. Es su decisión y de nadie más. Pero, sobre todo, al votar, recuerde que al día siguiente usted seguirá siendo colombiano, padre, hermano, hijo, esposo, vecino y amigo.

¡Vamos! ¡Vamos con toda, que juntos podemos!