Kristian Berg Harpviken, sentado frente a su escritorio, tiene de fondo una biblioteca que despertaría la envidia de cualquier lector. Viste elegante, sobrio, con saco y corbata azul acompañando su camisa blanca. En tono pausado y suave, pregunta por teléfono en perfecto inglés: “¿Estoy hablando con María Corina Machado?”.
Una voz sorprendida responde: “Sí, es María Corina”.
Así comienza una conversación que en menos de 24 horas le dio la vuelta al mundo.
Él, secretario del Comité Noruego del Nobel, le dice que la llama desde Oslo y le notifica, con voz entrecortada por la emoción, que en minutos se anunciará que a ella se le otorgará el Premio Nobel de la Paz 2025.
María Corina Machado, famosa por su fortaleza, no paraba de repetir: “Oh, my God, oh, my God”.
Ni ella misma esperaba este premio, uno de los más importantes del mundo. Incluso la líder opositora venezolana no hacía parte del sonajero de posibles ganadores. En los días previos, la mayor especulación era si el comité se lo daría a Donald Trump por su intervención para desescalar la guerra en la Franja de Gaza.
En los últimos días no hubo periódico ni noticiero radial o televisivo que no registrara el triunfo de Machado.
La imagen de la aguerrida mujer acaparó titulares en todo el mundo. No solo por la importancia del premio, sino porque claramente era una bofetada con guante de seda a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, ilegítimo desde que perdió las elecciones contra Edmundo González el 28 de julio de 2024.
González, académico y escritor de 74 años, quien fuera casi desconocido por los venezolanos, saltó a la palestra pública luego de que la propia María Corina Machado lo ungiera como su sucesor, después de que el Tribunal Supremo de Venezuela le confirmara a ella una inhabilidad decretada por la Contraloría General para ejercer cargos públicos durante 15 años.
Lejos de amilanarse, María Corina tomó fuerzas y nombró a su sucesor.
Sabía que un guiño suyo bastaría para enfrentar a Nicolás Maduro en unas elecciones llenas de cuestionamientos.
Maduro las perdió frente a Edmundo González, lo que fue ratificado por el Centro Carter, que participó como observador internacional del proceso.
El triunfo de González habría sido imposible sin el aval de “La Dama de Hierro”, como se conoce a María Corina.
Su amor por Venezuela, su lucha por la democracia y su defensa acérrima de los derechos humanos no son una cruzada nueva. Desde 2001, cuando fue cofundadora de Súmate, una ONG dedicada a la promoción de la democracia participativa y al control ciudadano de los procesos electorales, se convirtió en un dolor de cabeza para el entonces presidente Hugo Chávez, quien apenas llevaba tres años en el poder.
A María Corina Machado no le ha temblado la voz para cantarle la tabla a los opresores del pueblo venezolano. En 2010, cuando era diputada a la Asamblea Nacional —tras obtener la votación más alta— enfrentó a Chávez, desnudando lo que para ella y muchas facciones de la oposición eran las mentiras del mandatario.
Machado, micrófono en mano, interrumpió al jefe de Estado:
“Presidente, tenemos ocho horas escuchándolo a usted describir un país muy distante del que estamos sintiendo todas las mujeres y madres venezolanas”, le dijo.
Los abucheos chavistas no la intimidaron; ella siguió:
“¿Cómo puede usted hablar de que respeta al sector privado en Venezuela cuando se ha dedicado a expropiar, que es robar?”.
Chávez le respondió sarcásticamente, con una frase que se hizo famosa:
“Águila no caza moscas, diputada”.
Muchas cosas han sucedido desde 2001, cuando aquella mujer que apenas pasaba los 30 años se subió al tren de la política para defender a su país. Líderes como Antonio Ledezma, Enrique Capriles, Leopoldo López o Juan Guaidó han enfrentado primero a Chávez y luego a Maduro en el campo de batalla.
Junto a ellos, con firmeza y carácter, siempre ha estado María Corina. Jamás ha caído, ni siquiera cuando fue golpeada en la Asamblea Nacional en 2013. Jamás ha escapado de Venezuela, a pesar de haber recibido graves amenazas contra su vida y órdenes de captura de un régimen cuestionado por las principales democracias del mundo.
La llegada del Premio Nobel de la Paz es un bálsamo para una nación golpeada, humillada, violentada y sumida en la pobreza.
El reconocimiento a María Corina es el mayor apoyo a un país que se mantiene en pie de lucha para recuperar la dignidad que le han robado.
Hoy, cuando más de siete millones de venezolanos enfrentan duras dificultades más allá de sus fronteras, darle a María Corina Machado su lugar en la historia y reconocer su valentía de seguir en su patria, a pesar de la intensa persecución, es un paso gigante hacia la recuperación de la democracia.
Ahora, cuando permanece escondida, protegida por quienes saben que el futuro del país está en sus manos, vale la pena recordarle al mundo que fue María Corina quien le pidió a Chávez que le hablara al país con la verdad, porque sin titubear le recordó, frente a muchos, que hay “una Venezuela decente que quiere una transformación profunda.”
Algún día llegará, porque también hay una humanidad decente que espera lo mismo para Venezuela.
Estas líneas van dedicadas a tantos amigos venezolanos que un día me acogieron y protegieron, hace muchos años, en ese hermoso país, y me hicieron sentir como si estuviera en la patria de la que me obligaron a escapar.
Yo sé lo que duele estar lejos.
¡Fuerza, Venezuela!