El Gustavo Petro que visitó esta semana la Casa Blanca y estuvo en el famoso Salón Oval, el lugar donde se define el destino de cientos de millones alrededor del mundo es el mismo Gustavo Petro que conocí en mis épocas de reportero en Colombia. Un hombre serio, disciplinado, estudioso y afable. Elegante y carismático. Un hombre con sueños de grandeza que, desde el Congreso de Colombia, protagonizó varios de los controles más férreos al poder, los que ahora no quiere para él. Un político con quien era agradable conversar por su inteligencia. Lo insólito es que ese hombre es muy diferente al que gobierna a Colombia desde agosto de 2022. Hoy aplaudo el regreso del Petro que conocí, aunque fuera por unas horas. Es el que el país necesita, un presidente que se comporta como tal y que piensa en el bienestar y el futuro de todos los colombianos, no solamente en quienes lo eligieron o en la base de su plataforma política.
Es lamentable, pero en los últimos años el presidente Gustavo desdibujó al senador Petro. La disciplina con la que preparaba sus concienzudos debates contrasta con la impuntualidad que hoy lo caracteriza —claro, a la Casa Blanca llegó muy puntual—. De los impecables trajes del congresista pasó a las guayaberas y el pelo desgreñado del mandatario —a la Casa Blanca también llegó elegante—. De sus palabras pensadas para construir opinión y edificar una exitosa carrera política pasó a comentarios insulsos y desteñidos con los que no deja títere con cabeza e insulta y denigra a diestra y siniestra —sí, en la Casa Blanca midió muy bien lo que dijo—. Del carisma con el que sonreía a quienes lo rodeaban pasó a la mala cara y la amargura que parecen embargarlo en todo momento —en la Casa Blanca volvió a sonreír—.
Su viaje de esta semana a Washington ha sido el más importante en su presidencia. Decir esto no es poco. A diciembre de 2025, faltando menos de 8 meses para terminar su mandato, el mandatario colombiano había tenido, según reportes de prensa, 73 viajes internacionales que sumaban más de 250 días fuera del país. Equivale al 20 por ciento de su gobierno fuera de nuestras fronteras. Dicen que bueno es culantro, pero no tanto.
No obstante, en el momento más difícil de la historia reciente de las relaciones de Colombia con Estados Unidos, Gustavo Petro tuvo un encuentro crucial con el presidente Donald Trump y pasó una página oscura en la que los protagonistas fueron los mensajes en X y la diplomacia del micrófono que tanto dañan las relaciones internacionales. Capítulo aparte merece la discreta y eficaz labor del embajador de Colombia en Washington, Daniel García-Peña, para llevar a feliz término este encuentro bilateral.
Los que hoy se desdibujan son los políticos y analistas de oposición que aseguran, con algo de regocijo, que Gustavo Petro fue recibido en la Casa Blanca por la puerta de atrás. Falso, el jefe de Estado colombiano ingresó por la puerta que da acceso directo al Salón Oval, centro de poder del hemisferio occidental. Dicen con el mismo tono de suficiencia, petulancia quizás, que a Petro Trump no lo recibió en la puerta como ha sucedido con otros. Desconocen que ese protocolo es exclusivo de las visitas de Estado que se planean con mucha antelación. El que el presidente Trump haya conversado telefónicamente con Gustavo Petro, luego lo invitara a reunirse con él y que el encuentro planeado por 30 minutos se extendiera por más de una hora es un éxito total para Colombia.
Sí, para Colombia, no solo para Petro. Estados Unidos es primera potencia económica y militar del mundo y principal socio comercial de nuestro país. No es arrodillar la nación a una súper potencia o de dar el brazo a torcer. Tampoco es cambiar de pensamiento ni mucho menos vender la conciencia. Es muy simple: basta entender que Colombia ha sido el principal aliado de Estados Unidos en el continente y que debemos seguir así. Tampoco es darle la espalda al mundo y mirar solo hacia el gigante del norte. ¡No! En un mundo globalizado Colombia debe diversificar su economía y establecer alianzas alrededor del planeta, sin descuidar nuestra principal relación. Todos tenemos muchos amigos, pero es importante tener un mejor amigo que nos apoye en las buenas y en las malas. El amigo que nos defienda y al que defendamos así no tengamos su tamaño ni fuerza. El amigo incondicional. Y eso debe ser Estados Unidos para Colombia.
Ahora, si en el camino logramos que el presidente Trump amplie su eslogan de Make America Great Again (Hacer a América grande otra vez) y lo lleve al siguiente nivel, agregando la S que planteó Petro, para Make Americas Great Again (Hacer a las Américas grandes otra vez), estaríamos en otro nivel. Gana Colombia, gana Latinoamérica. Y gana Estados Unidos dejando de tener un patio trasero para construir un vecindario de prosperidad. Quizás, con algo de suerte, empeño y esfuerzo, logremos, 65 años después, el sueño planteado por John F. Kennedy en marzo de 1961 cuando propuso la Alianza para el Progreso que buscaba ayudar a América Latina. Presidente Gustavo Petro, nunca he votado por usted, pero seguro que, si mantiene en los meses venideros la actitud de grandeza que tuvo en su visita a la Casa Blanca, quizás muchos, al igual que yo, logremos recordarlo de otra forma y volver a ver al Petro que hacía pensar al país.